¿Los dioses son crueles o los humanos malagradecidos? El día de hoy José A. García nos comparte desde Argentina un interesante relato.

 

Creíamos que estaba loca, desquiciada luego de los años de estudios, que había perdido todo anclaje a la realidad y que, cuanto le quedaba, era su delirio.

– La Diosa ha tomado mi cuerpo- dijo un día hace varios años, en medio de una jornada de debate en la Academia.

Esa frase no pertenecía a la ponencia que presentaba en ese momento . No, no lo era, lo comprobé varias veces con la copia que tenía en mis manos al igual que el resto de los presentes.

Miró a cada uno de los asistentes a su conferencia sin continuar leyendo, comenzado a constituirse en leyenda. Me pareció que sus ojos brillaban un poco más, y no porque me miraran solamente a mí o porque las luces dieran de lleno contra su rostro. Allí había algo más, algo diferente.

Me enamoré, en ese mismo instante, de aquella diminuta figura pálida, esmirriada y apenas lo suficientemente alta para sobresalir detrás del estrado. Por no mencionar esos lentes ridículamente grandes, que ocultaban la mayor parte de su rostro; lo cual, podría decir, era una suerte.

Al mismo tiempo comencé a odiarla.

-La Diosa ha tomado mi forma- repitió a los pocos minutos, quebrando el silencio que ella misma provocara.

Las risas y las burlas comenzaron como un rumor, similar al ruido del mar golpeando las rocas en la lejanía. La mayoría de los presentes éramos hombres que, a regañadientes, debimos aceptar a una mujer entre nosotros y sólo bajo la presión del decanato de la universidad.  Y ahora allí estaba ella, hablando sobre una supuesta diosa en la que nuestro férreo y obligatorio ateísmo nos impedía creer.

Alguien con una estentórea voz abucheó desde el fondo de la sala, no vi quién era, aunque podría identificarlo sin dificultad. Alguien acompañó el abucheó con un silbido. No podía despegar mis ojos de los suyos, amarillos, brillantes, preciosos, irreales, únicos, míos.

-La… – intentó repetir por tercera vez desde el estrado, pero un libro, pesado, de tapas duras, con más de mil páginas, y arrojado cargado de odio, la golpeó en el rostro..

En ese momento logré sustraerme del encantamiento y huí del salón. Atravesaba la puerta más cercana, la salida de emergencia, en el instante en que ella con el rostro transfigurado por el odio y la cólera divina se ponía de pie.

La blusa que llevaba estaba a punto de reventar, sus senos habían crecido tanto que podrían alimentar al mundo entero y eran, claramente, muchos más que dos. Sus caderas, sus piernas, su cuerpo entero crecía para ocupar cada resquicio posible entre su ser y las gradas al fondo del salón.

Sus ojos vesánicos, atravesados por la sangre que manaba de los cortes que los lentes le hicieron sobre su rostro al romperse, irradiaban venganza y desprecio hacia los hombres, hacia todo lo que tuviera un falo entre sus piernas.

 Huí como un desesperado del salón, del edificio, del claustro y el campus de la universidad, oyendo los gritos de dolor, escuchando huesos quebrándose, cuerpos descontuyurándose, cristales rompiéndose y paredes desmoronándose. No dejé de huir, aunque no había montañas en las cercanías en las que pudiera ocultarme, ni sotanos, ni bibliotecas.

Sólo estaba el páramo, desde donde se podía ver como el mar de leche se tragaba el resto de las construcciones una por una, sin dejar roca sobre roca. Ignoro si soy el único testigo, no es algo que me importe.

Siento el llamado de la Diosa, madre de todo y de todos, seno del mundo, centro de la creación, de la que emana todo amor y todo sentimiento, desde lo más profundo de mi ser. No, no desde mi entrepierna, desde algo aún más profundo.

Sé que volveré, que regresaré a ella, ; sé que me ahogaré en su maternal calidez sin final, sin retorno, sin más que la inmortalidad del ser sin ser.

Creíamos que estaba loca; ahora sé que los locos éramos nosotros.

No continuaré este relato, ella me llama cada vez más intensamente. No quiero hacerla esperar por mucho más tiempo. Estos años de soledad en este páramo han sido terribles. Cuanto escribí en la arena, el viento lo ha borrado.

Ella me llama, debo ir.

 

 

Acerca del autor

José A. García es un escritor originario de Argentina, para conocer más de su trabajo puedes seguirlo en Instagram como @proyectoazucar o en su página personal: www.proyectoazucar.com.ar